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9 may 2025

Los nombres de Feliza. Juan Gabriel Vásquez

13 comentarios:

«Y entonces se terminó ese año y empezó el siguiente, y de verdad creíamos que todo empezaba de nuevo. […] Y me acuerdo de que Feliza sonrió apenas, pero sonrió, y contestó: “Sí, sí. Eso es definitivamente lo que voy a pedir”. Nos pusimos los abrigos y salimos. Viernes 8 de enero, con un frío de espanto, casi nadie en las calles. Y de esto me acuerdo: los periódicos habían dicho que esa noche iba a nevar.»

Juan Gabriel Vásquez, Los nombres de Feliza
Creo haberlo escrito ya más de una vez en este blog: el azar, la casualidad, la pertinente alineación de los astros, un sinfín de concatenaciones se producen para llegar hasta o alejarse de una lectura. Digo esto porque de Los nombres de Feliza de Juan Gabriel Vásquez me alejé voluntariamente en una ocasión cambiando en mi librería de cabecera un ejemplar del libro que con afecto me acababan de regalar por otro de la nobel surcoreana Han Kang de quien hasta ese momento nada había leído. Pero ¿por qué decidiste no leer la última de Juan Gabriel Vásquezdiréis, cuando venía avalada por un alto número de críticas elogiosas? Precisamente fue una de esas críticas, la firmada por Santos Sanz Villanueva en El Cultural del día 31 de enero de este año, lo que me empujó a hacer uso del cheque-regalo que acompañaba a la novela y cambiarla por Imposible decir adiós de la  Premio Nobel de Literatura 2024. ¿Tan fuerte, pues, era lo que afirmaba Sanz Villanueva?  A mí, desde luego, en una primera lectura del artículo así me lo pareció; sin embargo cuando degusté satisfactoriamente la novela y volví a leer la susodicha reseña me di cuenta de que en ella abundaban más los elogios que las críticas, aunque los dos "peros" que le ponía al autor colombiano, también yo, ahora, los suscribo plenamente.

Antes de decidirme a leer el libro, en mis paseos por blogs amigos y/o de prestigio leí una o dos reseñas sobre Los nombres de Feliza. La muy elogiosa escrita por mi gran amiga Rosa Berros en su blog Cuéntame una historia me incitó a dejarle un comentario señalándole mis reticencias y temores sobre la novela de Juan Gabriel Vásquez. En amable respuesta ella, para convencerme de las bondades de esa narración, se comprometió a prestarme el libro para que las comprobase por mí mismo. Y su ofrecimiento no era una broma, pues a los pocos días se materializó con la llegada por correo hasta mi casa de la novela Los nombres de Feliza. Muchas gracias, Rosa.

Naturalmente, lo he leído nada más recibirlo suspendiendo el orden de lecturas que tenía programado. Y  he de decir, así ya de entrada, que la novela me ha gustado. Me ha sucedido con ella lo que sólo me ocurre con algunas lecturas y que cuando me pasa íntimamente me viene a certificar la calidad de lo que tengo en las manos. Resulta que desde que en mi primerísima juventud leyera La ciudad y los perros del recientemente fallecido Mario Vargas Llosa, mi listón personal del muy seguro agrado lector viene marcado por el irrefrenable deseo nada más despertar de seguir leyendo el libro que el día anterior tuviera en mis manos. Exactamente esto es lo que me ha ocurrido con Los nombres de Feliza

La novela es ejemplo de la tendencia narrativa de la autoficción, hoy tan en boga. Consiste la misma en que el autor se ficcionaliza y se permea dentro de la narración. Aquí, él se transmuta en la figura del narrador y construye un relato, la novela que estamos leyendo, en la que cuenta la historia de una compatriota suya, la escultora Feliza Bursztyn. La idea de escribir este relato nació en el novelista a raíz de la lectura que realizó, durante su primera estancia en París el año 1996, de una columna contenida en un libro de García Márquez, Notas de prensa, que recopilaba artículos publicados en prensa por él mismo entre 1980 y 1984. Allí leyó la columna que el 20 de enero de 1982 escribiera Gabriel García Márquez (Gabo) en el diario español El País en la que daba cuenta de la muerte de una escultora colombiana exiliada en Francia por entonces. La escultora, de apellido imposible, era hasta ese preciso momento totalmente desconocida por el jovencísimo periodista. Pero lo que constituyó la espoleta para que el por entonces bisoño escritor Juan Gabriel Vásquez comenzase a pergeñar en su interior la novela que tenemos en las manos es que Gabo colocaba como causa de la muerte, la tristeza:
«La escultora colombiana Feliza Bursztyn, exiliada en Francia, se murió de tristeza a las 10:15 de la noche del pasado viernes 8 de enero, en un restaurante de París.»
¿Por qué esta mujer moriría de tristeza? ¿Por qué murió relativamente joven, con sólo 48 años? ¿Cómo es que nació su dedicación a la escultura? ¿Estuvo casada? ¿Tuvo descendencia? ¿...? Estos interrogantes y muchos otros más se abrirían en la mente de Juan Gabriel quien desde ese momento, unos años más y otros menos, comenzó a documentarse sobre Feliza Bursztyn: la 'escultora de la chatarra', una mujer independiente, liberada, que no admitirá el destino de mujer que le esperaba (dedicarse en exclusiva a la crianza de sus tres hijas), una mujer con inquietudes intelectuales que le llevaron a relacionarse con grandes figuras colombianas del mundo de la pintura (Alejandro Obregón, Jorge Gaitán Durán o Beatriz Daza), con escritores (Santiago García o Gabo), con críticos de arte (Marta Traba o Casimiro Elger)... 

Se asiste, leyendo la novela, a la vida de esta mujer de origen polaco, perteneciente por ascendencia familiar a la comunidad judía yiddish abundante en ese país a principios del siglo XX. Sus padres en 1930 a la vista de los acontecimientos que en Europa estaban acaeciendo deciden abandonar el continente y toman un barco que por puro azar los dejará en Colombia donde comienzan a hacer su vida. Allí, en Bogotá, nacerán Hela y cuatro años después su hermana Feliza. Es, pues, la protagonista de la novela colombiana de nacimiento, aunque su apellido polaco y sus rompedoras actitudes vitales harán que las fuerzas vivas del país siempre la consideren ajena, extranjera.

escultura colombiana, Vanguardismo escultórico, Escultura y Política

La tremenda personalidad de Feliza choca a la sociedad de su tiempo, incluida su propia familia. A los diecisiete años se casa con el judío norteamericano Larry Fleisher, a quien conoce en Nueva York, y lo hace pese a la oposición de sus padres que la veían demasiado joven para ello. Larry y ella vivirán en Bogotá y allí tendrán tres hijas; sin embargo pronto la afición de Feliza por el arte, por la pintura, por el mundo artístico la llevarán a pasar fuera de casa más tiempo del que Larry considera propio de un hobby. Pero es que el arte no es para Feliza un mero entretenimiento, un pasatiempo; para ella es su razón de vivir. Y eso Larry no lo entenderá. En los círculos de artistas, críticos de arte, poetas, escritores... en los que Feliza se mueve conocerá a Jorge Gaitán, un poeta que la atrae fuertemente. Jorge también está casado y tiene un hijo. La situación para ambos en Bogotá es complicada, asfixiante. El entorno de Feliza no soporta su actitud al abandonar a sus tres hijas y marchar a vivir en la misma ciudad con el amante, un hombre que además es 'goy' (no judío). Es por esto que ambos toman la decisión de abandonar Colombia y marchar a París donde el mundo artístico está en plena ebullición. La ruptura con todo lo anterior es total, tremenda. Su propia familia no logra comprenderlo y Jacobo, su padre, hasta realizará una ceremonia judía en la que simulará que su hija ha muerto para él y para la comunidad.
«Feliza entendió que el dolor de su padre era verdadero, pero le pareció además entrever otros desórdenes: pues un clima envenenado se había instalado en la comunidad por su culpa, y las niñas no eran más que la encarnación en el mundo de esas ideas etéreas. Lentamente se dio cuenta de que unas inercias invisibles y monstruosas, que nadie podía controlar porque no estaban en ninguna parte, unas inercias que salían de los fondos más recónditos de las tradiciones y las memorias y las leyes que nadie había escrito nunca, fueron arrinconando a sus padres, exigiendo la reparación de algo que se había roto, no, exigiendo algo más fuerte todavía que sólo podía llamarse de una forma: expiación.»
La muerte es elemento importante en la novela. SPOILER:Jacobo se la aplicó simbólicamente a Feliza y luego más tarde él la sufriría en la realidad. Feliza, que estaba en Israel, acudirá a su lado y Jorge desde París parte para acompañarla. Pero la mala suerte hará que el avión que lo trasladaba tenga un accidente Fin del SPOILER. Luego vendrían otras muertes de artistas y amigos hasta llegar a la suya propia en París al lado de su último amor, Pablo Leyva

En la construcción de la novela Pablo Leyva será importantísimo para Juan Gabriel Vásquez, pues es él la fuente viva que más cosas le contará de Feliza. Tras su relación con el poeta Jorge Gaitán, un día, habiéndose citado con su amiga y crítica de arte argentina Marta Traba, que estaba pensando abandonar Colombia al sentirse presionada por la policía, Feliza comenzará su relación con Pablo
«Allí, entre poetas inéditos y actores delgados y artistas en busca de un lugar en el mundo, estaba un hombre de barba densa y mirada amable que no dejaba de hablar del Apollo 11 ni de Neil Armstrong, y se preguntaba en voz alta lo que se sentiría en la planta del pie cuando uno pisaba la Luna. Feliza lo reconoció: era Pablo, sí, Pablo Leyva.»
Es con la memoria inestable de Pablo Leyva Franco, de 83 años, al que visitará el autor-narrador en su apartamento bogotano con la que en gran medida organizará el relato de la vida de Feliza Bursztyn. Precisamente es la estructura dada a la narración lo que más me ha agradado de la novela. Hay mucho trasiego temporal en un avanzar y retroceder en el tiempo que parece sorprender, pero que según se lee se da uno cuenta de que es lo propio de la mente del principal relator de la historia de Feliza. 

Todo en el libro sucede en 10 días, los que van de la llegada de Pablo a París para estar con Feliza a la fecha del fallecimiento de ella el viernes 8 de enero de 1982. Y en estos diez días a través de la memoria de Pablo y la mucha documentación recopilada por el novelista a lo largo de los años conocemos la historia de Feliza: la de sus padres judíos polacos, Jacobo y Chaja; la de ella misma y su primer matrimonio con el judío norteamericano Larry Fleisher; la amistad de Feliza con la crítica de arte argentina Marta Traba que la introduce en los círculos artísticos bogotanos; su relación con Jorge Gaitán; la vida de ambos en París; etc, etc. Todo se nos va dando con vueltas atrás y anticipaciones, al tiempo que nos acercamos a esa muerte anunciada desde el principio de la novela -muy García Márquez, desde luego- del viernes 8 de enero de 1982. 

Junto a esta estructura no lineal, que me ha gustado mucho, Juan Gabriel Vásquez  utiliza una manera peculiar de situar en el tiempo los episodios de la vida de Feliza. Lo hace, no dando el desnudo y escueto dato del año en que ocurrió tal o cual cosa, sino aludiendo a sucesos históricos relevantes y seguramente conocidos por todos los lectores: asesinato de Kennedy, Revolución cubana, muerte del Che, guerra en Israel, asesinato del dictador dominicano Rafael Trujillo...

Esta manera de incorporar datos históricos relevantes de dominio del gran público la mayoría, así como las frecuentes referencias a autores, pintores y escultores de relevancia en Colombia y en el mundo son elementos que el novelista maneja con sabiduría y que contribuyen a que la obra se lea con mucho gusto. Este culturalismo presente en Los nombres de Feliza deriva lógicamente de que el personaje novelado es una artista -pintora y escultora- que vive inmersa en el mundo del arte. Como el mundo artístico e intelectual está frecuentemente entreverado con el político, los sucesos de esta índole son también muy importantes en esta narración. Una mujer libre, independiente de todo y de todos, bondadosa, artista y además rompedora (escultora de la chatarra) dentro de una sociedad muy conservadora es desde luego elemento más que llamativo. Es normal que como dice el propio Juan Gabriel Vásquez nada más leer él en 1996 la columna de Gabriel García Márquez sintiera el primer deseo de hacer algo a partir de eso
«Veintiocho años pasaron entre el origen remoto de esta novela -el primer pequeño latido, como diría Nabokov- y su punto final.» 
Muy interesantes son las opiniones que sobre la política se vierten en estas páginas. La actitud independiente de Feliza contribuye a la veracidad de las mismas. No es Feliza Bursztyn militante de nada. En todo caso su militancia estuvo en el campo de la escultura de vanguardia. Así  recordaba Pablo, tras los problemas que tuvo Feliza con la policía, una conversación mantenida con Santiago García, militante comunista, casado con Patricia Ariza, de idéntica militancia que su esposo
«Patricia me lo dijo el otro día: si Feliza pintara eucaliptos en acuarela, nada de esto le habría pasado. Me dijo: “No me persiguen a mí, que soy de las Juventudes, pero sí la persiguen a ella”... No se entiende. Se siente culpable, Pablo».
Los mismísimos periodistas se perdían con Feliza cuando le preguntaban por el sentido de su obra. La artista era tan irónica en sus respuestas, tan independiente, que los dejaba completamente descolocados. Al respecto es muy interesante un momento de la novela en el que un periodista interroga a Feliza. El novelista presenta esta entrevista utilizando el formato Pregunta - Respuesta propio del mundo periodístico. En un momento dado el periodista pregunta a Feliza por lo que ha pretendido transmitir con una escultura suya llamada "Las histéricas", a lo que la escultora algo enfadada le responde: 
«Ay, pero otra vez la misma cosa. Mire, si yo tengo que explicar mis obras se me va a ir la vida en eso y no voy a tener tiempo para hacerlas.
[...]
No me gusta que se obligue al escultor a decir lo que debería decir el crítico. No me gusta que se le pida al escultor explicar lo que debería sentir el espectador.»


Para finalizar
¿Tenía algo de razón Santos Sanz Villanueva en los 'peros' que ponía al libro? Pues en mi opinión, sí. El crítico de la revista El cultural achacaba a Juan Gabriel Vásquez el que, sin necesitarlo, dada su calidad como escritor, hubiese buscado premeditadamente el best seller, el éxito comercial. Y que para ello hubiese exagerado las referencias a Gabo (Gabriel García Márquez), sabedor de que sacarlo, incluso en momentos en que no era necesario, redundaría en que más lectores se acercasen a esta ya de por sí magnífica novela. Y si el nombre de Gabo le servía de aderezo o introductor de múltiples referencias historicistas, pues mejor que mejor. Así lo he podido detectar cuando al referirse a la salida de García Márquez de Colombia por miedo a ser detenido el novelista aprovecha para hablar de varios y diversos aspectos que poco o nada tenían que ver con el autor de Cien años de soledad
«"Pon Caracol, Feliza. Está pasando algo con Gabo". El programa de las mañanas habló del intento de golpe de Estado del 23 de febrero en Madrid, de un terremoto cuyas réplicas todavía se sentían, del traslado de la dictadura de Pinochet al Palacio de la Moneda y de la huelga de hambre de Bobby Sands, un miembro del IRA, y luego la voz del locutor de los cables de última hora, la voz melodramática sobre fondo de falsos ruidos de telégrafo, como de mensajes entrando en clave morse, anunció con el tono de las catástrofes que Gabriel García Márquez, el colombiano más célebre de todos los tiempos, se acababa de ir de Colombia para evitar que lo arrestaran.»
Novelistas colombianos actuales
Y la segunda objeción que el catedrático y crítico exponía en esa reseña que me alejó y me acercó a un mismo tiempo a Los nombres de Feliza era que por mostrar el amor y cariño entre Pablo Leyva y Feliza Bursztyn el autor caía, por exceso, en el ternurismo propio de la novela rosa. Y aquí también he de darle la razón a Sanz Villanueva. Sí, en una mujer tan fuerte, tan feminista, tan echada para adelante, independiente hasta la médula, que por ser ella misma hasta decidió alejarse de sus tres hijas cuando éstas eran pequeñas me sorprendió verla pidiéndole a su pareja matrimonio. Ocurre tal cosa en un viaje a Copenhague de Pablo al que Feliza lo acompañó para así alejarse del asfixiante y rancio ambiente colombiano:
«Se arregló para irse a su encuentro de ambientalistas, y luego, cuando se acercó a Feliza para despedirse, ella lo tomó de la mano y le dijo: “Quiero que nos casemos”. Y luego, sin darle tiempo a responder, añadió: “Si tú quieres también, casémonos aquí. Casémonos ya. Seguro que es muy fácil y la ciudad está linda”.
Pablo dijo: “Sí”.
”¿Verdad que sí?”, dijo Feliza.
“Sí”, dijo Pablo. “Sí, yo también quiero”
».

Pero estas dos reticencias son ciertamente muy menores. En la novela predomina sobre todo lo meritorio. Varios de los aspectos que contribuyen a ello ya los he señalado. Quizás me faltaría por consignar:

  • Un lenguaje plagado de colombianismos (entorchar [retorcer o trenzar varias veces], rumorar [rumorear], solaperos [insignias pegadas a la solapa], chaperona [persona que acompaña, carabina], bogotano [de Bogotá], galpón [cobertizo grande], talanquera [muro, valla], mamar gallo [reírse de], bolillo [instrumento cilíndrico usado por agentes de la autoridad] y muchos otros más que dan colorido y autenticidad a la historia.
  • Un claro estilo personal muy hermoso. Baste sólo una cita para mostrarlo: 
«Marta la citaba en El Cisne para quejarse: la gente no entendía, Feliza, aquí los críticos estaban todavía elogiando a Van Gogh, y eso si hubiera críticos, pero no, Feliza, tampoco hay críticos, porque no vamos a pisarnos las mangueras.»

  •  La estructura dada a la novela, distribuyendo el contenido en cinco capítulos que pivotan todos ellos alrededor de esos diez días del reencuentro en París de Pablo con la exiliada Feliza. De todas estas jornadas destaca  especialmente ese viernes 8 de enero de 1982 en el que literalmente Feliza se desplomó en un restaurante al que había acudido en compañía de Pablo para cenar con otras dos parejas, una de ellas la formada por Gabo y su mujer Mercedes. El mecanismo de la  recursividad, el volver con reiteración a esa noche en Paris con Gabo y Mercedes, es de lo que mas me ha gustado. Es un volver insistente y en desorden propio de la memoria.
  • Y naturalmente, creo ya haberlo escrito, el contenido propiamente dicho. Un recorrido por la biografía vital y artística de la 'escultora de la chatarra' y de paso por el arte del siglo XX, anterior y coincidente con su existencia. También el recorrido por la historia del siglo XX en Colombia y en el mundo, quizás algo excesivo y redundante en algún momento. 
_______________________
Nota
Hoy mismo en la revista El Cultural leo que Juan Gabriel Vásquez en opinión de varios autores y críticos literarios es el sucesor de Vargas Llosa, algo que yo también comparto:
«El boom hispanoamericano tiene un sucesor indiscutible: Juan Gabriel Vásquez. El escritor colombiano ha publicado ya una obra que ha robustecido su figura literaria, hasta el punto de que son muchos los que lo consideran sucesor de Mario Vargas llosa. Y aunque el crítico de El Cultural, Santos Sanz Villanueva, subraya con acierto los fallos de su última novela, Los nombres de Feliza, varias de sus publicaciones, sus colecciones de cuentos y sobre todo la novela Los informantes, sitúan a Juan Gabriel Vásquez en la cumbre literaria.»

25 abr 2023

Anne Weber. "Annette, una epopeya"

10 comentarios:

«¿Qué la llevó a apoyar al FLN en su momento? ¿No fueron las noticias de que el ejército francés torturaba a sus presos, como acababa de hacer la Gestapo con los miembros de la Resistencia? Ahora lo ve: los del FLN también torturan. Nadie lucha únicamente por la independencia, todos quieren tener poder. Se tortura a disidentes, a rivales, pero también a soldados rasos no tan fáciles de movilizar para la lucha.»

Anne Weber, "Annette, una epopeya", Biografía
Annette, una epopeya es una biografía escrita por la alemana Anne Weber. Cuenta la vida heroica, sacrificada y arriesgada de la francesa Anne Beaumanoir, mujer a la que conoció por pura casualidad en un cine de la pequeña localidad francesa de Dieulefit, en la Bretaña francesa, cerca de Dinan, la ciudad donde Annette nació y pasó sus primeros años. El contacto entre ambas mujeres se produjo cuando la biografiada contaba la edad de 93 años. Anne Weber se quedó boquiabierta al oírle contar sus experiencias vitales. De este encuentro y otros posteriores que le siguieron nacería este libro. 

En él conocemos a una mujer atrevida, briosa, inconformista, que jamás toleró ninguna imposición y que siempre luchó por la libertad, la suya y la de los otros. Su colaboración con los oprimidos comenzó, como tantas veces ocurre en la vida, de manera algo casual. Concretamente cuando la Beaumanoir tenìa sólo 17 años y en el Dinan ocupado se le acerca S, un preso que hace de traductor para los alemanes; éste le entrega un paquete para que lo lleve a determinada dirección. Ella lo hace; y repetirá la acción no una, sino varias veces más; sin darse cuenta ha comenzado a colaborar con la Resistencia. Miembros de la misma le encargan trabajillos que la llevarán fuera de Dinan, en especial cuando los alemanes hagan una redada y tenga que huir de su ciudad natal para no caer presa. Entrar el Partido Comunista, prohibido desde el año 1939, es su aspiración. Lo conseguirá gracias a Roland que será su amor, su pareja, el padre de sus hijos. 

Pero la vida de 'resistente' a la invasión es muy dura. La soledad es la compañera habitual; sólo ella garantiza cierta seguridad. Hay que tener cuidado con los infiltrados, los 'submarinos', enemigos que se hacen pasar por militantes y que sólo buscan información y nombres para luego hacer redadas. Por eso ella debe abandonar no pocas veces a su familia y pasar temporadas lejos de su marido, de sus hijos, de sus padres. Es comandada por el PCF (Partido Comunista francés) a infiltrarse en organizaciones no comunistas que forman parte de la Resistencia. Será ella un 'submarino' -la vida proporciona esas cosas-cuyo testimonio servirá para, finalizada la guerra, enjuiciar, depurar a aquellos que fueron colaboracionistas de los alemanes. Es dura esta misión. Ella comienza a ver que no todo siempre es claro, que existen contradicciones muy grandes entre lo que se predica y lo que se practica. 

La obediencia ciega que por disciplina exige el Partido Comunista le repatea. Ella no ha nacido para obedecer sin pensar, sin razonar. Se desilusiona y tras la guerra, descubierta la muerte de su amor Roland, vuelve a Dinan donde sus hijos apenas si la reconocen pues han estado a cargo de la abuela, la madre de Annette. Junto a ellos y sus padres estudia medicina en Rennes. Su amor de la época de la Resistencia, Robert, le escribe desde Marsella pidiéndole la mano. Él quiere pasar a Indochina donde Francia está librando una guerra con los habitantes de lo que, pasados los años, será Vietnam. Se ha casado con Robert, cuya petición de ir a la colonia asiática no es atendida por las autoridades francesas a causa de su militancia comunista. Por este motivo se divorcian. De vuelta en Marsella el Partido le pide que espíe a la familia que durante la guerra la acogió. Ella los investiga y no descubre nada: los B (así denominan a esa familia) no son más que seres entregados a la causa y personas felices. Como el Partido la presiona, ella estalla y confiesa a los B la misión que le habían encomendado. Su fe en el Partido se resquebraja.

Tras esta decepción y siempre movida por su lucha frente a la opresión e injusticia, comienza a simpatizar y contactar con el FLN (Frente de Liberación Nacional) argelino en Francia. Ella que vio a los argelinos luchar contra los nazis por Francia no entiende que ahora la misma Francia actúe contra ellos del mismo modo que Alemania durante la ocupación. No, ella no tolera que se torture a nadie en nombre de nada ni de nadie. Así que Anne Beaumanoir será una militante y luchadora por la independencia de Argelia. En Francia ha contactado con Ben Bella, a quien admira y con quien colabora. Se traslada a Túnez donde está el Gobierno provisional argelino al que ella asesora. Lograda la independencia, será requerida como médico para organizar la red sanitaria del país. A ello se entrega con denuedo y afán. Pero de nuevo la injusticia, las luchas de poder dentro de los propios argelinos la desilusionan. Frente a Ben Bella se alzará el ejército dirigido por Huari Bumedian. Ella se inquieta; mucho más cuando ve que europeos colaboracionistas como ella con la causa argelina empiezan a ser buscados y encarcelados.

Estar en Argelia le satisfacía pues allí estaba con Amara, su marido musulmán. Sin embargo las diferencias culturales entre ellos al final harán estallar esta unión. Amara no soporta que ella sea, profesional y políticamente, más que él; tampoco le agrada que ella haya tenido amantes; y en el fondo no entiende el comportamiento de esta mujer que se ha adelantado a su época en dos o más generaciones. Por todo esto «un buen día, sin avisar, Amara se va». Nada ya la unirá a Argelia. Tras el golpe de estado que Huari Bumedian y Abdelaziz Buteflika den en 1965, seguido de la correspondiente represión, ella se esconderá y en cuanto puede sale del país. Dada su condición de antigua integrante del FLN no podrá en principio volver a Francia donde sería encarcelada. Viaja por Europa y finalmente se instala en Ginebra donde ejerce su profesión de neuróloga hasta que la amnistía la exima de responsabilidad penal y vuelva a Francia, a Dinan, donde casualmente conocerá a quien ha escrito su biografía, Anne Weber

"Annette, una epopeya", Anne Weber,
Esta biografía novelada tiene muchas particularidades formales. La primera es la manera de presentar el texto en forma de versos o metros largos. Al ser la traducción española la que tenemos en la mano y no el original alemán, desconozco si recursos métricos como la rima o el ritmo aparecerán en él. Lo único evidente es que esas líneas en prosa sí que recuerdan por su extensión de entre 12 y 17 sílabas los hexámetros homéricos de la Ilíada o la Odisea. ¿Quizás deriva de ahí, la aposición 'una epopeya' que sigue al nombre propio del personaje? Sí y no. Sí por lo que ya he comentado, y no porque el apelativo de épico no queda circunscrito a esta formalidad, sino que lo trasciende. Lo supera, al emanar de la propia vida de esta mujer, Anne Beaumanoir, una auténtica heroína, una luchadora como Ulises, en medio de inmensas dificultades.

Muy interesante en esta biografía es el papel que en ella cumple su autora, Anne Weber. Observamos que la escritora ficcionaliza episodios, que hace conjeturas, que muestra dudas en ocasiones; sin embargo en otros momentos parece tirar de literalidad con aclaraciones tipo las acotaciones teatrales: 
«"Si a los dieciséis no se tienen fuertes convicciones" ( Annette dixit) "es muy probable que nunca se tengan" (Annette non dixit)»
La cita anterior es ejemplo también de la ironía, un cierto humor e incluso parodia, que Anne Weber practica en la confección de la obra entrando y saliendo de ella a voluntad, incluso autocorrigiéndose:
«A partir de ahí todo es muy fácil, como suele ocurrir cuando uno mira las cosas con cierta perspectiva. Annette recibe el abrigo de la hermana suya (bueno, vale, esto no está muy bien dicho), también sus gafas y un fular»
Este humor a veces trasciende el propio relato, yendo más allá de él, imaginando el futuro del mismo. Es lo que puede observarse cuando al contar el juicio al que es sometida en Francia junto al correligionario Daksi acusados, por su colaboración con el FLN, de delito contra el estado leemos: 
«Daksi, el electricista de Constantina, se sienta en un banco detrás de ella, tan erguido y digno como el rey de Numidia. Ya lo estaba cuando ella entró en la sala, flanqueada por dos gendarmes, y tomó asiento en la fila anterior. Cuando se volvió para saludarlo, él se levantó y le besó la mano. (Esta escena es muy recomendable si están pensando en hacer una película.)»
Por último en este aspecto, el formal, hay voluntad de estilo evidente cuando la escritora en ciertas enumeraciones prescinde del signo ortográfico de la coma. Esta acción me ha sorprendido pues no se produce siempre. Y la verdad, no sé a qué responde o con qué intencionalidad se realiza. Habría que preguntárselo a la escritora. Pero creo que es algo digno de reseñar:
«Ya no quiere pedalear esperar andar organizar transportar clasificar, no, quiere luchar como un combatiente de verdad, arma en mano.[...] Todo ese riesgo esfuerzo hambre dolor y siguen sin tomarla en serio, es muy probable que no lo hagan jamás.»

Para finalizar
Abundan las referencias a escritores importantes por su papel durante la Resistencia como André Malraux en Francia o como Albert Camus, argelino de nacimiento. También aparece con reiteración Frantz Omar Fanon a quien, contrariamente a los dos anteriores, no conocía de nada. Este tal Fanon, miembro del FLN, fue un revolucionario, filósofo, neuropsiquiatra y escritor francés nacido en la Martinica de gran influencia en la lucha argelina por la independencia.

Annette, una epopeya es un libro que en Alemania mereció recibir en 2020 el Premio alemán al mejor libro publicado ese año. No es de extrañar porque si en la traducción española la prosa que contiene deja un magnífico y literario sabor de boca, cuanto más no hará en el idioma original, el alemán.

Nota
Este título me sirve para completar la letra W del reto "Escritores de la A a la Z"





18 nov 2021

Javier Moro. "A prueba de fuego"

28 comentarios:

«Las amistades y los amores son temporales; el amor de un padre hacia su hijo, y viceversa, es eterno porque se manifiesta mucho después de la muerte de ambos, en lo que han puesto en marcha mientras vivían y cuyo eco resuena en el tiempo.»(A propósito del amor paterno filial)
«Lo que simboliza aquella bóveda es, ante todo, el potencial que tiene la inmigración para enriquecer un país.» (A propósito de la bóveda del ala central del edificio de registro de Ellis Island)
«Me di cuenta de que el mundo estaba cambiando y de que esos ingenieros [los que usaban el acero y el cristal] acabarían desplazándonos cuando consiguieran abaratar sus costes. La belleza clásica dejaba de ser un argumento.» (reflexión de Rafael Guastavino Jr.)

Biografía, Javier Moro, Arquitectura

Conocí esta novela por boca de mi muy buena amiga Guida quien en "más que palabras...", la tertulia de amigos en la que ambos participamos, la alabó. Guida es persona que ama la literatura y que sabe mucho de arquitectura; así que yo sabía, nada más escucharle hablar, que la última obra de Javier Moro ("A prueba de fuego" , 2020), novela sobre la vida de Rafael Guastavino, arquitecto valenciano emigrado a USA en 1881 tras unos años de éxito en la Barcelona premodernista, no me iba a defraudar. También varios de los blogs literarios que frecuento hablaban de este libro con agrado. Por todo esto cuando el pasado jueves 11 de noviembre, Día de las Librerías, entré en una de ellas y lo vi no dudé un segundo en adquirirlo. Y no me arrepiento.


El autor
Nada había leído de Javier Moro hasta hoy. Miro su biografía literaria y observo que antes de ésta, su última novela, había publicado ya un buen número de títulos entre los que se cuentan Senderos de libertad (1992), El pie de Jaipur (1995), Las montañas de Buda (1997), Era medianoche en Bhopal (2001), en colaboración con Dominique Lapierre, Pasión india (2005), El sari rojo (2008), El imperio eres tú (Premio Planeta 2011) y A flor de piel (2015). 

Tras la lectura de A prueba de fuego del año 2020 no me sorprende que profesionalmente, además de escritor, es o haya sido periodista y que también haya trabajado en el mundo del Cine como guionista y productor; cinco años estuvo viviendo en Hollywood, la meca del séptimo arte. Su manera suelta y aparentemente sencilla de escribir revela, al menos para mí, su faceta de periodista; la disposición del relato en 75 apartados más un epílogo conclusivo me confirma que lleva el Cine en las venas. He denominado a las 75 partes de la narración apartados por no usar el cinematográfico término "secuencias" que es el que creo mejor le iría; mucho mejor que "capítulos" dado que cada uno de estos 75 apartados es como un movimiento de cámara de varias escenas que forman una unidad narrativa. Al estructurar la narración en secuencias en lugar de en capítulos [un capítulo es por regla general más  extenso] el ritmo narrativo es más ágil con cambios más frecuentes de actores y/o de tiempos y/o de lugares. 

Es evidente que Javier Moro sabe de Cine y que esta novela fácilmente podría convertirse en guión cinematográfico de un más que entretenido biopic. El autor de esta biografía novelada es autor de guiones cinematográficos como el de Valentina, adaptación de la novela de Ramón J. Sender Crónica del alba.


Sinopsis
Nueva York 1881: en uno de los barrios más populares malviven el pequeño Rafaelito y su padre, Rafael, un reputado maestro de obras valenciano que lucha por demostrar su talento en la gran urbe. Lo acecha la ruina absoluta. Pero gracias a su genio infatigable, ese hombre alcanzará fama y fortuna al construir los edificios emblemáticos que han dado su perfil a Nueva York.

Javier Moro nos presenta al singularísimo Rafael Guastavino, un auténtico genio de la construcción que deslumbró a los grandes magnates norteamericanos, conquistados por las técnicas que empleaba en sus obras para evitar los incendios, el mayor mal de las megalópolis del siglo XIX. Tuvo una vida jalonada de éxitos: de su estudio salieron construcciones tan «neoyorquinas» como la Estación Central, el gran hall de la isla de Ellis, parte del metro, el Carnegie Hall o el Museo Americano de Historia Natural.


Mi comentario
Conocer las peripecias personales y profesionales vividas por Rafael Guastavino Moreno, nacido en Valencia en 1842 y muerto en Asheville (Carolina del Norte, Estados Unidos) en 1908 a los 65 años de edad me ha resultado una experiencia lectora de lo más entretenida, y ha despertado mi curiosidad por un tipo de construcción arquitectónica que entre nosotros -o al menos en mí- estaba opacada por el enorme prestigio de la arquitectura modernista de Antonio Gaudí y discípulos.

Rafael Guastavino trasladó, cuando emigró de España a USA en 1881, la manera de construir edificios notables que había visto desde bien temprano en su Valencia natal y que luego había redondeado en Barcelona donde estudió en la Escuela de Maestria de Obras, antecedente de lo que luego sería la Escuela de Arquitectura.  En concreto Guastavino utilizó en sus obras barcelonesas de los años 70 la técnica empleada por los musulmanes en su Valencia natal para realizar bóvedas. Eran bóvedas tabicadas construidas con arcillas y ladrillos muchas veces esmaltados, con lo que se evitaba la presencia de la madera, material de construcción tan habitual entonces en Norteamérica y tan peligroso cuando el edificio sufría un incendio.

Su sistema de bóvedas tabicadas conocido como técnica Guastavino que él mismo patentó en España servía para lograr espacios diáfanos grandes, tal y como precisaban fábricas (la fábrica Battló que construyó en Barcelona 
es clara muestra de esta función), iglesias que así podían acoger  a un gran número de fieles en unas naves más amplias (ya en Norteamérica la Catedral católica de San Juan el Divino en New York), teatros como el de La Massa que inició en Vilassart de Dalt (pueblo situado a 25 kilómetros de Barcelona), e incluso bodegas como la que él y otras potentadas familias catalanas empezaron a hacerse en Aragón a raíz de la plaga de filoxera en Francia que al arruinar la producción en el país vecino incentivó el cultivo vitivinícola en nuestro país. 

Todo lo dicho hasta aquí, excepción hecha de la Catedral neoyorquina, lo dejó Guastavino de pronto al salir escopetado en 1881 kacia los Estados Unidos. ¿Por qué? Aquí se inmiscuye la faceta más personal del constructor valenciano. Resulta que nuestro hombre era de carácter alegre y mujeriego, proclive al contacto íntimo con el sexo opuesto entre el que por su condición personal cosechaba no pocos éxitos. Ya a la tempranísima edad de diecisiete años dejó embarazada a su prima Pilar de dieciséis. Se casaron porque Ramón, padre de ella y tío paterno de Rafael, quiso por todos los medios evitar el escándalo dada la buena posición que la familia dedicada a la industria textil ocupaba en la sociedad barcelonesa. 

Aunque Rafael y Pilar tuvieron tres hijos, curiosamente fue otro hijo, Rafaelito, fruto de su relación con Paulina Roig, viuda de un obrero fallecido en una de sus construcciones en Barcelona y que él acogió como empleada en la casa familiar, el que le acompañaría durante toda su vida y heredaría su pasión por la arquitectura. Se llamaban igual, se dedicaron a lo mismo aunque su posición ante la vida y los negocios fue dispar y a favor de quien para diferenciarse firmó sus trabajos como Rafael Guastavino Jr. Paulina tenía dos niñas, Paquita y Engracia, y con Guastavino Sénior tuvo a Rafael. Esta relación extramatrimonial, la muerte del padre de Pilar, la dificultad de financiación que encontró Rafael para llevar a cabo diversas construcciones que tenía en marcha en Barcelona, deudas cuantiosas adquiridas, y el recuerdo de la medalla de bronce que había obtenido en la Exposición Universal de Filadelfia de 1876 por el proyecto que envió sobre "Mejora de las condiciones sanitarias en las ciudades industriales", le llevaron  en 1881 emigrar a Nueva York con Paulina y los tres hijos, las dos niñas de ella y el niño habido en común. 

Pero Paulina no se adaptó a la vida en USA y a los pocos meses de estar allí malviviendo con Guastavino, pues al principio la vida no les fue fácil, tras una tremenda discusión de la pareja, con  que se abre el relato de Javier Moro, él le dice a ella que puede marcharse a España con las niñas porque son suyas  pero que Rafaelito se queda con él. Y así fue como la unión padre-hijo fue muy fuerte y duró hasta el final. Luego, Rafael Guastavino conocerá a otras mujeres pues nunca pudo vivir ajeno a ellas e incluso muchas veces convivió con dos  o tres al tiempo escondiéndose de unas y otras hasta ser habitualmente descubierto y provocar crisis sentimentales que ningún bien hacían a nadie. Además de los desengaños amorosos que su actuación propiciaba, su economía personal y la de la empresa de construcción que con socios americanos había fundado se empobrecía pues algunas de estas mujeres le sacaban los cuartos y él, por su parte, siempre fue un manirroto.

Para finalizar la faceta sentimental sólo me falta decir que de todas las mujeres con las que trató fue la mexicana Francisca la que, pese a períodos de crisis sentimentales, más tiempo estuvo con él. Quizás fue la mujer de la que estuvo más enamorado y fue ella quien mejor lo supo llevar. Pese al gran amor que sentía por ella, Guastavino la engañaba en sus desplazamientos hasta Boston donde la Compañia radicada en Nueva York tenía obras en marcha. Es por este sumidero por el que al exitoso valenciano se le fue muchísimo dinero.

Rafael Guastavino Expósito
La historia está contada por Rafael Guastavino Jr., Rafaelito, que fue educado por su padre casi como lo hacían los artistas de la Edad Media, es decir, comenzando desde abajo. Fue su aprendiz y poco a poco según iba demostrando su pericia en el oficio le dejaba al mando de alguna construcción, primero las de poca importancia y complicación para luego pasar a otras de más enjundia. Este Guastavino hijo también relata su peripecia personal tanto en el terreno arquitectónico como en el sentimental. En el arquitectónico siguió la estela paterna y con un socio americano y la buena mano de la mexicana Francisca supo enderezar la empresa que montaron en USA y mantenerla a flote incluso tras el fallecimiento de su padre. Como sucede en tantas empresas familiares serían los hijos del Guastavino Jr. quienes en 1962 liquidarían la Compañía por su falta de interés por la arquitectura y también porque la técnica de las bóvedas tabicadas cedió el paso al acero y al cristal. 
«Pero las tendencias cambiaban, y antes de que estallase la crisis de 1929, surgió el advenimiento del hormigón armado, el acero y las líneas rectas, sin decoración. La nueva tecnología abarataba los costes, lo que, unido al aumento del precio de la mano de obra, situó la construcción tabicada en una posición precaria. En la Exposición Internacional de Barcelona de 1929, el pabellón alemán de Ludwig Mies van der Rohe fue objeto de admiración porque era lo último en diseño moderno.»

Guastavino que llegó en 1881 a Ellis Island con una mano delante y otra detrás, que se arruinó en más de una ocasión por no prestar la debida atención al dinero de sus inversiones y a los presupuestos de sus obras siempre hechos a la baja para llevárselos cuando competía con otros, sin embargo logró el éxito en la tierra de las oportunidades. Para que tal cosa ocurriese tuvo la suerte de toparse con una serie de naturales del país enfrascados en la fiebre de la construcción que en ese momento se vivía en EEUU: Henry Richardson (muerto el 27 de abril de 1886 a los 47 años y que había puesto de moda en New York en la década 80 -moda que duraría hasta bien entrados los años 90- el estilo 'Renacimiento español', a raíz de un viaje realizado por España del que volvió deslumbrado por la Catedral de Salamanca), Stanford White, Charles Mckim, William Rutherford Mead, Bernard Levy, Saint-Gaudens, T. M. Clark (uno de la s grandes arquitectos de Boston), Richard Morris Hunt… De todos ellos quien más le impulsó introduciéndole en los círculos donde se cocían los proyectos fue Stanford White quien desde el principio admiró su bóveda tabicada ignífuga. Esta característica de resistencia al fuego, que Guastavino demostró en exhibiciones públicas, fue crucial para su éxito dado que por entonces en la mente de todos los americanos estaba el terrible incendio sucedido en Chicago en 1871.

La huella dejada por la actividad arquitectónica de la Guastavino Fireproof Construction Company es más que abundante en Nueva York (Grand Central Terminal, el Great Hall de Ellis Island, zonas del Metro, zonas del puente de Queensboro, catedral de San Juan el Divino, Carnegie Hall, Museo Americano de Historia Natural —en Central Park Oeste—, Templo Emanu El, iglesia de San Bartholomé —en la Quinta Avenida—, City Hall Station del moderno metro de Nueva York, Hospital Monte Sinaí, etc.) y también ciudades próximas (Biblioteca Pública de Boston,​ Museo Nacional de Historia Natural y Edificio de la Corte Suprema de Estados Unidos —ambos en Washington—, etc.). 

Curiosamente bueno, la verdad es que entre nosotros lo que voy a decir a continuación es bastante habitualRafael Guastavino Moreno y su hijo Rafael Guastavino Roig son más conocidos y sobre todo valorados en Estados Unidos que entre nosotros. El año 2010 el Ayuntamiento de la ciudad de Nueva York publicó «un folleto que se llama "New York's Guastavino" e indica un recorrido para visitar lo que permanece de un estilo y unas obras que aportaron belleza a una ciudad que deslumbró al mundo.». 

En nuestro país es ahora -y en ello este libro de Javier Moro está teniendo mucho que ver- cuando se está hablando de la gesta profesional de este valenciano que se inspiró en la Lonja de Valencia, en la Catedral de su ciudad, en la escalinata de la Lonja de Barcelona donde estaba la Escuela de Maestros de Obra, etc. y supo adaptar a las exigencias de una construcción moderna y sólida los materiales tradicionales del área mediterránea, algunos de ellos heredados de bizantinos y árabes. Esa cerámica vidriada en diferentes colores tan característica de la construcción valenciana la llevó a nuevas construcciones en las que exploró las posibilidades de la unión de los ladrillos cerámicos con el novedoso por entonces cemento Portland creando con ello unas superficies ligeras y muy sólidas. 

Para algunos -de entre nosotros, claro- Guastavino fue un pícaro que supo vender como original suyo un sistema que conocíamos aquí desde al menos los musulmanes. No estoy de acuerdo con quienes tal cosa afirman. En la novela hay un momento en que Rafael Guastavino Moreno da una conferencia en la que hablando de su sistema para construir bóvedas recuerda el descubrimiento, la revelación que experimentó al visitar el Monasterio de Piedra  y contemplar la cascada de agua y la gruta inmensa que está bajo ella soportándola tal y como la Naturaleza las había dispuesto. «Entonces comprendí por qué mi distinguido profesor de construcción, don Juan Torras, dijo: "El arquitecto del futuro construirá un día imitando a la naturaleza, ya que es el método más racional, duradero y económico"». Evidentemente en esta reflexión se esconde el inicio, los albores del modernismo arquitectónico de arquitectos como Antonio Gaudí, Lluis Domènech y Muntaner, Joseph Puig i Cadafalch, Francisco Mora Berenguer, Antonio Farrés Aymerich, Eduardo Reynals Toledo, y tantos otros más. 

Diré para finalizar que el autor ha realizado para escribir esta biografía novelada un sesudo trabajo de investigación que le ha llevado a contactar con descendientes de Guastavino en Estados Unidos. Uno de ellos, James Black, le proporcionó al novelista un buen número de cartas inéditas del arquitecto que le sirvieron para adentrarse con pie firme en la vida íntima del arquitecto triunfador en USA. Naturalmente también contactó con descendientes vivos en España, aunque aquí su labor investigadora se centró más en lo arquitectónico y los inicios de su actividad en Barcelona.

A raíz de leer "A prueba de fuego" de Javier Moro e interesarme por la figura del valenciano triunfador en América he podido constatar que en su persona se hace realidad el dicho castellano que dice "De casta le viene al galgo". Digo esto tras leer un interesante artículo firmado por los profesores de la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Valencia (ETSAV), Camilla Mileto y Fernando Vegas López-Manzanares. Tal artículo, publicado en la Revista de Arquitectura de la Universidad Politécnica de Valencia, lleva por título "Guastavino y el eslabón perdido". Merece la pena leerlo con atención para descubrir que Guastavino debía mucho a la actividad de familiares suyos que le precedieron en el tiempo, en especial su tatarabuelo Juan José Nadal que vivió durante la primera mitad del siglo XVIII y al que Rafael Guastavino Moreno tuvo siempre como referente para su arquitectura.

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El libro publicado por Espasa viene ilustrado en el centro con una serie de fotografías a color y en blanco y negro del personaje biografiado y su familia, y también de algunas de sus obras arquitectónicas tanto realizadas en España como en los Estados Unidos. Coloco a continuación algunas de estas imágenes