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27 ago 2023

Mujeres sin hombres. Libro de relatos de Ajo Diz

20 comentarios:

«El problema es que eliges mal a los hombres. Desde el crac de los cuarenta vives en la crisis de los hombres inadecuados. Siempre escoges al menos indicado...» (‘El síndrome de la escasez’)
«Con cincuenta años y no aprendo, me quedo en blanco y no soy capaz de decir: "Sí, gracias, podemos ir al Novelty. Es un bonito café, aquí al lado". Porque... la verdad, el francés me gusta» (‘Entre abrigos, un francés’)

Por fin, en mitad de una tarde más de la tercera o cuarta ola de calor de este verano, abro el libro de relatos de mi paisana Ajo Diz. Topo de mano con una cita inicial de Marcela Serrano bajo la que viene a albergarse todo el libro o, al menos, así me lo parece a mí. En ella la autora de "Nosotras que nos quisimos tanto" destaca para la mujer esa especie de ineluctable destino marcado desde el nacimiento por la mera razón de su sexo biológico («No importa tu clase ni tu raza: naciste castigada. Tu anatomía, sólo por ser femenina, será taladrada por la desigualdad milenaria»).

Con estos antecedentes epigráficos pensé que me encontraría con unos relatos en los que las mujeres serían siempre víctimas, seres sufrientes, explotadas injustamente por el sexo opuesto. Pero afortunadamente no ha sido así. Ajo Diz en los veinte relatos que componen este Mujeres sin hombres presenta un abanico de mujeres diversas, empoderadas muchas de ellas aunque casi todas, como se pregunta retóricamente la autora-narradora en la historia que da título a todo el volumen, viven sometidas al imperio de los afectos: «¿Todavía Venus condiciona nuestra larga marcha hacia la autonomía e igualdad?»

Tras leer los veinte relatos veo que las protagonistas, en líneas generales, viven en soledad, a veces elegida por ellas mismas, si bien casi siempre presentada entre lamentos por esa educación represora que las ha llevado a comportarse así ante los otros. Es el caso de la protagonista de Entre abrigos, un francés afligida por su indecisión, por su falta de reflejos ante un hombre que la atrae («Si es que soy tonta, tenía que haberle dicho algo, no sé... haber aceptado su invitación. Nada. no reaccioné, como siempre, me quedo parada, sonrío, y me despido como si alguien estuviera esperándome.») o la de Las del sí, sin remedio quien, quince años después, se echa en cara a sí misma la falta de arrestos para haberse lanzado, en esta ocasión a la relación con una amiga de la que aún sigue enamorada («No, encanto, nada de pensamientos cruzados, ni paralelos, ni en el aire..., tales dones me ha negado la genética. Si no, en este momentísimo percibirías los efluvios de este runrún, de esta obsesión interminable que me enciende mientras te escucho la disertación sobre el admirador que no cesa.»).

Las mujeres de Ajo Diz viven solas, aunque tienen relaciones. Pero son relaciones poco duraderas, cambiantes, en busca de una inalcanzable perfección que como sucede en el cuento Carolina vuelven a la primera, de la que con apremio un día la protagonista deseó escapar. Son mujeres que en ocasiones buscan la satisfacción solitaria utilizando juguetes muy alabados y populares. Simpática y muy bien escrita, jugando con el uso del utensilio mecánico al tiempo que la protagonista recuerda su relación con Mark, es la narración contenida en La colchoneta. En el último párrafo de la misma se aúnan magistralmente el run run del aparatito, la poesía amatoria de Leopoldo María Panero y el recuerdo de un encuentro íntimo con Mark: 
«"Y tu mano valía mi vida y muchas vidas", sí, algo así... Sí, estaba en el poema en el espejo en el baño de Mark. "Porque eras suave como el peligro". ¡Oh, dios! El último, sólo el último. Con este chisme, la revolución en marcha, como dice Susan. Te olvidarás de los hombres. Síííí... "y en el último trago nos vamos".»
Aunque singularizado en las mujeres, Ajo Diz también presenta en este Mujeres sin hombres el propio discurrir del tiempo, la evolución común desde una juventud ardiente, revolucionaria y apasionada a la tranquilidad y mediocridad pequeñoburguesa presente en la maternidad, cuidado de los hijos y atenciones al marido que con harta frecuencia han experimentado y experimentan no pocas mujeres. Es una evolución a veces no elegida como en Entre abrigos, un francés y otras no forzada como en Yang Qing.

En líneas generales son estos cuentos de Ajo Diz muy agradables de leer tanto por los asuntos tratados o las tipologías de sus protagonistas como por los procedimientos literarios y tonalidades empleadas en ellos. Me ha divertido la disemia contenida en Entre abrigos, un francés, especialmente la preocupación del personaje femenino por mejorar su francés, que con el paso de los años se le ha quedado un tanto olvidado («Tengo que pensar bien lo que digo [...] Ah, y el francés, repasar el francés, que lo tengo muy olvidado»); también me ha hecho sonreír el intercambio de papeles que en el último cuento existe entre la protagonista y su gato Simón con el que en plena pandemia conversaba cual si de un humano se tratara; o el guiño critico que en otro relato se hace al movimiento #Metoo al dudar con gracia el narrador del mismo sobre si su relación en el pasado estudiantil con una compañera de piso hoy sería tipificada como abuso...

He disfrutado mucho viendo circular por calles y plazas de Salamanca, la ciudad donde nací y me formé, a los personajes de varios de los cuentos que conforman Mujeres sin hombres. Ajo Diz, aunque nacida en Galicia, se siente charra por los cuatro costados al llevar viviendo en Salamanca, ciudad a la que arribó para cursar estudios universitarios, ya muchos años. Es por esto que muchas de sus solitarias mujeres viven en la ciudad salmantina y desde la altura de sus años evocan en ocasiones experiencias y aventuras de adolescencia y primera juventud vividas en tierras gallegas. Se sitúan claramente en Salamanca, que recuerde yo ahora, entre otros, los relatos titulados Entre rubias anda el juego, Circe, Las del Sí, pero No, Entre abrigos, un francés o Lluvia y Misspiernas. En Galicia lo hacen Peregrina, Yang Qing o Las del Sí, sin remedio. Otros aparecen sin ubicación definida  adoptando un tono más propio de la narrativa norteamericana como Esta noche no o El hombre que sólo bebe leche.

Pero sin duda alguna lo que más me ha agradado de estos cuentos escritos por Ajo Diz es su buen manejo de los recursos narrativos y el conocimiento que demuestra de la literatura tanto actual (Murakami o David Foster Wallace) como clásica. Dada mi condición de profesor de literatura quiero detenerme en Lope de Vega de cuya comedia Las mujeres sin hombres la escritora toma el título para esta colección de relatos. Lope en su obra de teatro concluye que el amor es el pegamento que de igual a igual une a hombres y mujeres. El epígrafe de cuatro versos tomados de esa comedia tienen aún hoy vigencia. ¿Sí? ¿No? Para saberlo animo a leer con atención este interesante relato (Mujeres sin hombres) en el que la escritora maneja y entrevera con maestría y soltura la mitología griega, la comedia nacional del Siglo de Oro y un cuento de David Foster Wallace.

No es sólo Lope o Foster Wallace o los mitos griegos los que surfean por estas narraciones, también están insertos en ellas Murakami o Hemingway, ambos con una obra titulada Hombres sin mujeres, justamente lo contrario del título de la colección de Ajo Diz. Y es que, como ella misma dice, su libro es, dándoles la vuelta, también una especie de homenaje a los libros de estos autores en los que los hombres siempre eran el centro y las mujeres seres accesorios y subsidiarios.. 

Es consciente Ajo Diz de que algunas alusiones y/o procedimientos utilizados en sus cuentos pueden ser de difícil intelección para algunos lectores. Por ello incluye en el libro una inicial Nota de la autora en la que aclara una serie de extremos que no voy a repetir aquí, pero que son de sumo interés para legos y entendidos. Así, por ejemplo, ignoraba yo que el procedimiento de utilizar notas a pie de página dentro de una narración para dar una segunda voz al narrador-autor, como hace la escritora en Lluvia y Misspiernas, lo tomase de David Foster Wallace. E igualmente tampoco sabía que esa mostración del narrador que, quizás por excesiva, descoloca un tanto al lector y que la autora -ella dice «he intentado»- realiza en los dos relatos que más justifican el título dado a la colección (Y si no jugamos limpio y Mujeres sin hombres) proviniera de Robert Walser. 

Mujeres sin hombres, Charo Alonso, Salamanca al Día
(https://salamancartvaldia.es/noticia/2022-04-13
-ajo-diz-cuentos-para-contar-la-vida-293382)
De la misma manera que hace uso, sin citarlos expresamente, de procedimientos vistos en estos otros autores, también, ahora sí, de manera expresa, hecha mano de citas, frases, versos de canciones populares o palabras tomadas de escritores y cantantes de hoy y de ayer. Así navegan por sus escritos versos de Leopoldo María Panero, de Lope de Vega, textos de Dorothy Parker, Mary Ann Clark Bremer o temas musicales de  Serrat o Pablo Milanés.

Literariamente hablando a mí me ha gustado mucho ese continuar un cuento en otro, corrigiendo el final de uno, que se me había antojado inverosímil, en el que le sigue. Es el caso de los titulados Las del Sí, pero no y Las del Sí, sin remedio. También ha llamado mucho mi atención que el narratario sea siempre un personaje femenino singular o plural. Por último destacaría en cuanto a procedimientos discursivos el uso del monólogo interior en Circe, los diálogos sin que conozcamos la respuesta del interlocutor de El síndrome de la escasez, la técnica del contrapunto también en Circe, la ausencia de signos de puntuación en el cuento Carolina quizás, para marcar la rapidez con que todo pasa... Etc., etc.

Para finalizar
Siempre me resulta difícil reseñar un libro de relatos; mucho más cuando son de elevada calidad literaria como los contenidos en Mujeres sin hombres de Ajo Diz. Unas historias que, aparte de lo hasta aquí comentado, rezuman erotismo, soledad. búsqueda de la emoción humana, libertad... Sí, son historias en las que en su mayoría las mujeres son libres, aunque esa libertad tenga también su lado negativo que se intenta compensar debidamente. Pero el paso del tiempo es inexorable y no perdona. Quince años o veinte, dice la canción de Gardel, que no son nada, pero en la vida de una persona, lo mismo da hombre o mujer, es muchísimo. Tanto que, como les ocurre a los personajes de Yang Qing, en una quincena de ellos se puede pasar de un juvenil maoísmo, trotskismo y acracia revolucionarios teñidos de sensualidad, sexo y ascensos dentro de la agrupación política por vía vaginal al aburguesamiento de la casita a las afueras junto al compañero con quien se pegaba carteles contra el referéndum constitucional de 1978. Sí, así es la vida, querida Ajo, una vida que en tus relatos aparece con gran viveza vislumbrada en las actitudes de los personajes y plasmada en diálogos y/o monólogos como los siguientes:
  • «—No, ni hablar. Dale otra vez con lo mismo, encanto. ¡Que no exagero! Sigues anclada a los viejos deberes femeninos. Que no, joder. No es un affaire de relaciones, de que no te entregues y esas argucias engañabobas, ni de que no seas todo lo complaciente que debieras. No, encanto. No creo que lo tuyo sea un problemas de parejas o como lo llames. Tu problemas no son las relaciones. Es un asunto de elección. El problema es que eliges mal a los hombres. Desde el crac de los cuarenta vives en la crisis de los hombres inadecuados. Siempre escoges al menos indicado.» (El síndrome de la escasez)
  • «Con cincuenta años y no aprendo, me quedo en blanco y no soy capaz de decir: "Sí, gracias, podemos ir al Novelty. Es un bonito café, aquí al lado". Porque... la verdad, el francés me gusta, me gusta mucho, tiene un encanto, con la trenca marrón y el foulard, qué bien le sienta, seguro que ya lo sabe, aunque, lo primero que me llamó fue su pelo blanco, y a pesar de todas esas canas parecía más joven que Jaime, que desde los cuarenta y pico no ha hecho más que echar barriga de tanto tapeo con los clientes, aunque ahora le ha dado por adelgazar y que se va a poner a dieta en serio. No sé... ¿tendrá algún ligue?» (Entre abrigos, un francés)





23 ago 2023

Terenci Moix y Francisco García del Junco (A pares XXXIX)

8 comentarios:

En el 'A pares' anterior, ya el XXXIX, ¡hay que ver a qué velocidad circula, pasa y se mueve todo!, hablaba yo de lo variopinto que resulta habitualmente el panorama lector veraniego. Cierto es que la disciplina literaria -hablo por mí, naturalmente- se pierde o queda muy difuminada durante la canícula; y es que la molicie, la pereza o la comodidad propiciadas todas ellas por el intimidante calor me llevan, a la hora de leer, a tirar de cualquier ejemplar que dormita desde hace años en algún estante de mi biblioteca doméstica.  

Por lo dicho hasta aquí, si antes, en la anterior entrada, formaron tándem compañeros literarios tan distantes entre sí como los poetas salmantinos del siglo XVIII y un actualísimo escritor de novela negra como Lee Child, hoy en esta pareja entrega vienen a coincidir un muy famoso en su día novelista, periodista y tertuliano como lo fue Terenci Moix (Barcelona, 1942-2003) y un erudito profesor universitario cordobés especialista en patrimonio y arqueología llamado Francisco García del Junco (1959- ). Quizás, todo he de decirlo, entre ambos exista al menos un hilo de unión: el amor por lo que rodea el mundo del Egipto de los faraones. Concretamente García del Junco cursó en Sevilla la especialidad de "Lengua clásica egipcia en sistema jeroglífico"; y de Terenci Moix es bien sabido su interés y profundo conocimiento del Antiguo Egipto, especialmente de la dinastía ptolemaica. 





Terenci Moix: "El cine de los sábados"
"El cine de los sábados",Cine, Egipto, Literatura

Durante unos días de vacaciones en el norte de España escapando del rigor del verano mesetario he leído el primer libro de las Memorias que escribiera Terenci Moix, nacido Ramón Moix Meseguer. Aunque sus memorias reciben el genérico nombre de "El Peso de la Paja", la primera parte de las mismas, que es la que yo acabo de terminar, se titula "El cine de los sábados".

Todos los que hemos leído novelas de Terenci y hemos conocido su imagen pública sabemos de su gran afición al Cine y de su amor por el mundo clásico, en especial Egipto y sus faraones. Esto último iba buscando yo en estas memorias. Quería saber cómo nació en el simpático y dicharachero catalán la atracción por lo egipcíaco. Pero por ahora he de confesar que en esta primera entrega memorialista sólo he asistido a su niñez de niño querido y consentido, a su vida infantil siempre rodeado de mujeres (su madre, su hermana Ana María, sus tías solteras, su abuela...) que alababan de manera desmedida sus gracias ; también he sabido del inmenso placer que le producía ir al Cine con alguna de sus tías. Fue Terenci Moix -así lo confiesa de manera reiterada- un niño solitario que vivía más en el mundo de la imaginación, avivada por las ficciones protagonizadas por los actores y las actrices que poblaban las películas que veía, que en la realidad fea, chata, de la Barcelona de posguerra de los años 40 y primera mitad de la década de los 50 del siglo pasado.

Me ha entretenido mucho esta lectura, aunque se me haya hecho bola en algún momento. Literariamente, lo mejor de ella es cómo logra entreverar tres momentos narrativos dentro del propio relato: uno es el del propio decurso lineal de su vida que comienza con su nacimiento en 1942, luego el de su estancia en Roma en 1969 y por último el de la propia redacción del libro en 1989. Desde la altura del final de los esplendorosos e ilusionantes años 80 y en el inicio de la década de los 90, Terenci echa una mirada al mundo de sus años infantiles. Un mundo que hasta los cuatro o cinco años es el mundo que sobre él mismo los demás le han relatado («la infancia es un terreno que pertenece a los demás, nunca a uno mismo. La infancia es un relato en boca de testigos, un paisaje en ojos que vieron por los míos»), y de ahí a los doce, fin de la niñez y comienzo de la adolescencia, ya el suyo propio.
 
La narración en sí gira en torno a la relación de Ramonet con otros niños (el Niño Rubio, el Niño Rico... ) que serán sus primeras atracciones amistosas y ante las que él mismo, Niño Mimado y Caprichoso, quisiera convertirse en Niño de Oro. También aparecen otras relaciones en 1969 (con Pasolini, con Elsa Morante y con un tal Livio especialmente). En todas ellas está siempre presente la pulsión sexual, el erotismo, la homosexualidad presentida o confirmada ya.

Muchas cosas me han gustado, atraído y divertido de esta obra. Quizás la principal haya sido la de reencontrarme con el personaje, con el showman televisivo al que yo admiraba por su gracia, inteligencia y profunda cultura mostrada en los programas de TV que presentó y los debates en los que participó. Fue Terenci un hombre que no se callaba ni se casaba con nadie. Vivió en una época en la que aún no había llegado la cultura de la autocensura y del pensamiento políticamente correcto que nos atenaza hoy día. Así, el hombre libre que era, opinaba sobre y desvelaba cosas como las siguientes:
«Cuando leo a algunos escritores de mi generación, quedo admirado ante la precocidad de su conciencia política. Parece que algunos ya eran antifranquistas desde la cuna, otros que a los cinco años ya hacían de maquis por la calle Muntaner. En sus libros, dijérase que Barcelona entera estaba llena de resistentes y que todos teníamos conciencia de vencidos.»
O también cuando comunica cómo tantos y tantos cantantes e intelectuales, aunque ellos lo oculten en sus biografías,  fueron compañeros suyos en el colegio de los Escolapios al que él acudió:
«Algunos niños de cursos distintos se han ido cruzando, después, por mi vida. Encontré a Joaquim Marco en el mundo de la literatura, a Joan Manuel Serrat y Pepe Martín en el de la fama, a los hermanos Armet en el de la política. En cuanto al dramaturgo Josep María Benet, el Papitu de esta narración, es hoy mi mejor hermano.»
Y por último me ha encantado ver cómo el famoso escritor explica la manera como fue entrando en los diversos espacios culturales, siempre de la mano de la curiosidad y del azar, elementos imprescindibles para avanzar:
«Del mismo modo que el cine de los sábados me había llevado al erotismo, también me llevó hasta la literatura. Si gracias a Greer Garson conocí a Madame Curie —lo cual tampoco es para ponerse moños—, gracias a mi amiguete Kim de la India supe que existía Rudyard Kipling. Porque Antinea había sido María Montez, me encontré leyendo a Pierre Benoit. Porque una edición de Ivanhoe llevaba fotos de Elizabeth Taylor y Robert Taylor, me descubrí leyendo a Walter Scott. Por ser Lana Turner Mylady de Winter y uno de los mosqueteros del simpático Gene Kelly, acabé leyendo a Dumas. Y, así, hasta llegar a la Biblia, en cuyas páginas me urgía comprobar si Dalila había sido tan negativa para Victor Mature como daban a entender los colores del cine.»
Ramón Moix Messeger, Ramonet. Homosexualidad

En fin, una obra bien escrita y que, como no podía ser de otra manera dado su carácter autobiográfico y memorialista, es especialmente onanista al versar siempre, ¡claro!, sobre el propio escritor que en cierta manera se victimiza de manera, en mi opinión, algo excesiva. ¿Por qué afirmo esto? La solución sólo es posible hallarla a través de la lectura de este "El cine de los sábados".





 "Eso no estaba en mi libro de Historia de España" de Francisco García del Junco

Francisco García del Junco
Como ya he dicho al inicio de este "A pares", Francisco García del Junco es un profesor de Historia y Arqueología cordobés autor de un buen número de libros y de publicaciones. La mayoría de los mismos se centran en el Castillo de Almodóvar del Río, que fue el objeto de su tesis de doctorado en Arqueología por la Universidad de Sevilla. El libro que yo he leído forma parte de una extensa colección de libros divulgativos de Historia, que abordan aspectos poco tratados por los grandes manuales o por los libros de texto que estudian nuestros escolares. Se trata de la colección que la editorial Almuzara intitula "Eso no estaba en mi libro de": en mi libro de Historia de España, en mi libro de historia de la Literatura, en mi libro sobre Napoleón, en mi libro de historia del fascismo, en mi libro de Historia de la Economía...; llegan los títulos de esta colección a tocar aspectos propios de la cultura más popular: así en el catálogo de la misma aparece un "Eso no estaba en mi libro de los Beatles", "Eso no estaba en mi libro del Athletic", "Eso no estaba en mi libro de historia de la cocina española"... y otros más de este jaez. 

Ya sólo observar el listado de títulos, cuando tomamos el libro en nuestras manos sabemos que estamos ante un ejercicio puramente divulgativo, de poca profundidad y de escaso aporte científico. Con todo y con eso los trece capítulos que componen el volumen abordan asuntos interesantes cuya lectura tiene un evidente atractivo por lo novedoso y lo no muy conocido. Son asuntos como la sabida 'Expedición Malaspina' o la 'Inquisición española', y las menos o nada conocidas 'Real Expedición filantrópica de la Vacuna', 'El Real de a ocho: primera divisa internacional' o 'La Paz de las tres vacas'. Y así hasta trece capítulos que ocupan las 336 páginas de la edición ilustrada de este libro publicado en 2016.

Leyendo cada uno de los capítulos me ha parecido estar ante la publicación de un artículo aparecido en alguna revista divulgativa de Historia. No me extrañaría, si bien no me he puesto a investigarlo, que algunos de ellos (quizás el dedicado a `La llegada de los vikingos a España' según apunta un manuscrito medieval o el que hace referencia a 'Las mortandades de indios en Hispanoamérica') hayan ya sido tratados por el autor u otro articulista en alguna de estas publicaciones. 

Eso no estaba en mi libro de Historia de España
En líneas generales todos y cada uno de estos trece asuntos rompen una lanza en favor de España asaeteada desde hace mucho tiempo por una leyenda negra que no hace justicia a la labor desempeñada por el país en el mundo y sus innegables aportaciones al progreso del mismo. Achaca García del Junco la mala imagen de España y lo español a la pertinaz y maledicente labor de potencias extranjeras como Inglaterra y/o Francia interesadas siempre en atacar por todos los medios posibles a la por entonces principal potencia militar y política del mundo.

Un libro para leer en verano que dice alguna cosa novedosa y otras sabidas por demás. Ideal para leer a la orillita del mar bajo la sombrilla o en la zona de hierba de la piscina. Eso sí, debe procurarse no mojar el ejemplar (ja, ja...).

12 ago 2023

Lecturas de verano: De la poesía dieciochesca a las novelas de Lee Child (A pares XXXVIII)

4 comentarios:

«[Reacher] contó su biografía condensada. Fácil de entender al principio, luego difícil más adelante. Hijo de un marine, infancia en cincuenta lugares distintos, después West Point, después la Policía Militar en cien lugares distintos, después las reducciones en la fuerza cuando terminó la Guerra Fría, que llevaron directamente a su precipitada y repentina introducción a la vida civil.»

Lee Child, Serie de Jack Reacher
Luna azul ha sido mi primera lectura completa durante este agosto de calor; de su autor, escritor de novela negra británico, es la segunda que hago. La anterior, titulada Noche caliente, la realicé hace ya dos o tres años. La verdad es que de esta última apenas si recuerdo algo; tan sólo que la protagonizaba Jack Reacher, igual que en Luna azul

Sinopsis de la novela
Aaron Shevick se baja de un autobús con un abultado sobre en el bolsillo de su chaqueta. Jack Reacher se ha percatado de que está lleno de dinero, pero no ha sido el único. Un hombre ve la oportunidad de hacerse con el paquete. Reacher les sigue y logra evitar el atraco, pero Shevick termina magullado y dolorido. Y tiene prisa: debe estar en un sitio antes de las doce o el sobre no será suficiente. Habrá consecuencias. Intereses. Reacher le sirve de muleta y llegan a tiempo pero el destinatario no se presenta. En el lugar del encuentro le indican que regrese por la tarde, y sin saber muy bien cómo los destinos de los dos hombres se enlazarán hasta extremos muy peligrosos. 

Antes de entrar en materia me referiré al porqué del título. Se denomina Luna azul (traducción del inglés blue moon) a la segunda luna llena ocurrida durante un mismo mes del calendario gregoriano (el usado habitualmente en Occidente), lo que sucede aproximadamente (en promedio) cada 2,5 años. Haciendo traslación de este fenómeno, el autor da este título a su relato al presentarnos en una misma ciudad a dos bandas que la oprimen, una -los ucranianos- en la zona oeste y la otra -los albaneses- en la zona este; les separa una gran avenida, la calle Central. 

Así, como primera impresión, diré que la novela de Lee Child es una historia en la que el héroe, Jack Reacher, un auténtico Superman, mata con una soltura increíble. Es, ya lo sabemos desde la primera novela de la serie (Zona peligrosa), un antiguo y duro miembro de la Policía Militar norteamericana, que desde que dejó el ejército vagabundea por los Estados Unidos sin domicilio, teléfono ni tarjeta de crédito. Jack Reacher era especialista en la Policía Militar en prever ataques, de ahí que el análisis psicológico de las posibles reacciones de los 'malos' sea esencial en su trabajo. 

Su trabajo, al menos en esta novela, me parece desmesurado, pues el héroe, de unos 50 años de edad, logra por sí solo cargarse nada menos que a dos bandas de delincuentes (los ucranianos y los albaneses) que controlaban el mundo delincuencial de todo tipo (drogas, préstamos onerosos, prostitución, armas...) de una gran ciudad norteamericana. Físicamente el grandote Jack Reacher («un metro noventa y cinco de hueso y músculo y ciento quince kilos de masa en movimiento») está en plena forma, incluso en el aspecto sexual pues es capaz de satisfacer más que debidamente a Abby, una 'jovencita' de 32 años o así. 

Un máquina este Reacher. Algo exagerado en todo: en las balaceras, en su rendimiento sexual, en su bondad exagerada con los 'buenos' (el matrimonio Shevick, Abby, los músicos Barton y Hogan, el especialista militar en idiomas de los países excomunistas Guy Vantresca...), en su superioridad absoluta cual si de un Superman se tratara... Y también exagerado, demasiado exagerado, en su implacable comportamiento con los 'malos' (las bandas, los colaboradores de las mismas como el hacker Trulenko propagador de fake news rusas, pornografía, engaños bancarios,,,).

Por todo lo dicho hasta aquí concluyo sobre esta novela que cojea mucho en verosimilitud. Por este lado patina un montón. Pero, como lectura de verano, sí que me parece muy adecuada para hacerla bajo la sombrilla y sobre la toallita que limita por todas partes con las de otros veraneantes y bañistas que parecen competir en chillidos a sus niños y/o música estridente lanzada a todo trapo sin que nadie la haya solicitado... Sí, para esto es fantástica, pues aísla y entretiene. Pero eso si, no se pretenda buscar en ella más de lo que hay, que no me parece mucho.
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"Poetas de la escuela salmantina del siglo XVIII"
De paseo por Salamanca, mi ciudad natal, compré en la tienda de su Universidad este librito de poco más de 100 páginas que presenta una selección de poetas dieciochescos adscritos a lo que se dio en llamar, ya en su tiempo Escuela de Menéndez o Escuela de Cadalso, y definitivamente en el siglo XX Escuela salmantina del siglo XVIII. Concretamente -nos dice César Real Ramos, su antólogo-, fue César Real de la Riva quien en 1948 probó a aplicar sobre el conglomerado de poetas que se agrupaban al calor de la universidad salmantina las premisas establecidas en 1930 por el crítico literario alemán Julius Petersen para poder hablar en literatura de Generación o Escuela. En el prólogo que Real Ramos redacta como preámbulo al listado de poetas y composiciones elegidos recuerda esta aplicación. Sí, efectivamente, los ocho requisitos de Petersen se adaptan al grupo salmantino; quizás tan sólo se resista a su aplicación, sensu stricto, el de la coetaneidad dado que entre Meléndez Valdés, maestro y jefe del grupo, y algunos de los miembros hay una importante diferencia de años («más de veinte años separan a Meléndez de fray Diego y casi cincuenta a éste de Somoza»).

César Real Ramos, Universidad de Salamanca, Ilustración, Poesía del XVIII
Once poetas son los seleccionados, cada uno de ellos con un número desigual de composiciones. Destacan por su número José Cadalso con seis y José Iglesias de la Casa con siete; el resto, a excepción de Meléndez Valdés con cuatro, aparecen con dos o sólo una composición.

No todos los poemas han sido de mi agrado. Algunos, como la larga carta de Jovellanos a sus amigos de Salamanca me ha parecido pesados, falsos por sus tópicos anacreónticos y pastoriles, muy poco verosímiles y apenas interesantes. Sin embargo otros, como la también extensa elegía que Francisco Sánchez Barbero escribe "En la muerte de la duquesa de Alba" me han gustado mucho y me han mostrado el papel de puente que esta generación o escuela poética tiene entre los poetas barrocos y los románticos que ya se atisban en los versos de Sánchez Barbero.
Sólo el Albano sucesor [...] / /«De una pálida luz a los reflejos / Sigue, y alzarse una pesada losa, / Y luego incorporarse / A la duquesa de Alba ve de lejos, / Asómbrase; el cabello se le eriza; / Ni hablar puede, ni huir, ni adelantarse. / Una voz cariñosa / Acércate, le dice, y se estremece; / Otra voz imperiosa / Acércate, le grita, y obedece.»
De los once poetas que aparecen en el librito me fijaré en tres por ser estos poco conocidos o, al menos, poco nombrados hoy. Me refiero al Sánchez Barbero de la elegía a la duquesa de Alba citada antes, a Nicasio Álvarez de Cienfuegos y a Manuel José Quintana:

De Francisco Sánchez Barbero, además del prerromanticismo que se atisba en su poema, quisiera destacar la versificación utilizada en él: versos de 7 y 11 sílabas (una silva) que, con frecuencia, se quiebran con un encabalgamiento en el heptasílabo. El ritmo que de tal manera de proceder resulta es bello por demás. Me han recordado a Jorge Manrique esas interrogaciones retóricas que no aguardan respuestas («¿Qué será de vosotros, oh leales / Vasallos? Vuestra vida / ¿Quién asegurará? ¿Quién vuestros hijos / Defenderá?  La paz y regocijos / [...]»). También me ha llevado en prolepsis retórica (ja, ja...) al Miguel Hernández de la Elegía a Ramón Sijé; es fácil que entre los libros que el canónigo Luis Almarcha, vicario general de la diócesis de  Orihuela prestaba al cabrero hubiera alguno de este poeta salmantino.

El poema que de Nicasio Álvarez de Cienfuegos ha elegido el antólogo, aunque me ha parecido largo en exceso y excesivamente amanerado, recreador de aquella poesía pastoril del XVI que ya en el XVIII estaba fuera de sitio, lo destaco por referirse de modo hermoso a las aguas que riegan Salamanca. Se dirige a Batilo (Meléndez Valdés) evocando los días de la adolescencia cuando de él recibió enseñanzas junto al  río Tormes. Poetiza de manera muy idealista los arroyos Zurguén y Otea, especialmente este ultimo proveedor de lechugas y verduras a la ciudad. Jamás había leído alusiones tan poéticas a estos dos arroyuelos hoy casi sepultados por el crecimiento urbano.
«¿[...] volar con mi Batilo / A buscarle del Tormes en la orilla? / Le encontrara; allí está: por siempre inmóvil / Entre sus ondas deleznables yace / Mi adolescencia; por doquier mis ojos / hallarán restos de sus frescas flores. / Del Otea, el Zurguén, de la enriscada / Aspereza que mira amenazando [...]» 
De los dos poemas de Manuel José Quintana, "A Dafne en sus días" tiene el ritmo y la gracia de la poesía andaluza. Utiliza el octosílabo asonantado en los pares, pero no siempre. Tiene ese regusto de coplilla andaluza que con tanto gusto y brío divulgarán en el siglo XX poetas y autores de canciones populares como Quintero, León y Quiroga, e incluso Carlos Cano. El poema "A Meléndez" que lleva el subtitulo de «Cuando la publicación de sus poesías» lo escribe en estancias. Es un clásico poema laudatorio al magisterio de Meléndez Valdés.

Por último sólo quiero recordar cómo, en el juego de recuperación poética que estos poetas realizaban para acercarse más a su predilección, esto es, la poesía del primer renacimiento español del siglo XVI, adoptan pseudónimos poéticos de naturaleza pastoril: «Dalmiro (Cadalso), Batilo (Meléndez), Delio (Fray Diego), Arcadio (Iglesias), Aminta (Forner), Etc. Incluso los ajenos a la escuela como Jovellanos  cuando a ellos se dirigen divertidamente se disfrazan de idealizados pastores, en su caso, 'Jovino'.
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Nota.- Esta antología, realizada por César Real Ramos, me sirve para ir completando el Reto "Nos gustan los clásicos" y el Reto "25 españoles".