27 mar. 2015

"LA CISMA de INGLATERRA" de Calderón de la Barca

En el Teatro Pavón de Madrid (sede provisional del Compañía Nacional de Teatro Cláscico) se representa hasta el día 27 de abril la obra de Calderón "Enrique VIII y LA CISMA de INGLATERRA", un drama histórico lindante con la tragedia pero -en mi opinión- sin llegar a traspasar la línea que separa ambos subgéneros. Un gran espectáculo que merece la pena no perderse.
Será la obra encargada de abrir en el mes de julio el Festival de Teatro Clásico de Almagro.
CNTC, CDN, Teatro público, Teatro Clásico, Festival de Almagro

"La Cisma de Inglaterra", título que el autor dio a la obra y que en esta puesta en escena se ha acompañado de la referencia al rey inglés Enrique VIII seguramente para atraer más al público dado el tirón que este personaje histórico siempre tiene, me ha sorprendido gratamente. Yo me esperaba un texto cargado de alusiones teológicas en la línea de los autos sacramentales de Calderón como "El gran teatro del mundo" o "La cena del rey Baltasar". Pero no. Aunque en esta pieza aparecen algunas alegorías como la de aludir al personaje de Ana Bolena como la Ambición, la Maldad o la personificación del Diablo, en general nos movemos en el ámbito de la realidad histórica y sobre todo humana. La alusión al Cisma acaecido entre los cristianos católicos y los cristianos anglicanos aparece de manera velada y elegante. Desde el principio se deja poco margen al libre albedrío, estando la trama marcada por la superstición, la magia y el inexorable destino: los sueños fantasmagóricos en los que al rey se le aparece una bellísima y huidiza mujer; y las dos cartas -una de León X y otra de Martín Lutero- que Enrique se coloca la una en la cabeza y la otra a los pies creyendo que eran la primera del Papa  y la otra del monje protestante cuando equivocada o arteramente le habían sido trocadas.

En lo demás estamos ante los problemas de un hombre con responsabilidades de gobierno, el rey Enrique VIII, arrastrado por la pasión que le coloca delante la ambición de uno de sus consejeros (el Cardenal Volseo que aspira a suceder al fallecido León X), pero que, como no podía ser menos en Calderón, al final reconoce su error y lo enmienda en lo que puede: a María Tudor, la hija que tuvo con la reina Catalina de Aragón, la declara heredera del trono inglés y la promete al infante de España, el futuro rey Felipe II, con el que -pero esto ya no se ve en la obra- casaría en 1554. Evidentemente estos dos hechos -el arrepentimiento del monarca y la entronización de su hija María- son licencias históricas que el artista se toma para mayor gloria de la estirpe de la Corona de España.

El gran acierto y la oportunidad de esta obra reside en el aldabonazo que el escritor madrileño da a Felipe IV, que reinaba en España en 1627 cuando "La cisma de Inglaterra" ve la luz, que era muy aficionado a los esoterismos y a interpretar el destino marcado en los astros. Calderón mediante esta muestra de las pasiones, ambiciones y corruptelas de los Tudor lanza un aviso que llega hasta nuestros días sin perder una pizca de actualidad:
¿El poder político es servicio a los ciudadanos o bien ocasión para satisfacer pasiones y colmarse de riquezas? 
El "Vanitas vanitatis" barroco, Calderón, Barroco, Siglo XVII
Sergio Peris-Mencheta, el actor que da vida de manera muy convincente al rey inglés, declara acerca de su personaje:

"Este rey es un Hamlet activo que no sabe hacia dónde va como si fuera un elefante en una cacharrería que piensa en movimiento. Enrique VIII reconoce sus errores y dice eso de 'lo siento, me he equivocado, no volverá a ocurrir' y hace que asuma sus debilidades como monarca para seguir asumiendo sus tareas"
Peris-Mencheta es un gran conocedor de Shakespeare pues no en balde dirigió en 2012 "La tempestad". También la directora del CNTC, Helena Pimenta, lo es. Además cuando Calderón compone este drama hacía poco más de una década que el autor inglés había dramatizado la vida de Enrique VIII ("The Famous History of the Life of King Henry the Eighth", año 1613). No sé si será por estas razones, pero lo que sí es cierto es el tono shakespeariano, grandioso y trágico en ocasiones, que sobrevuela la representación en muchos momentos. Sin lugar a dudas este "tono Shakespeare" lo soporta especialmente el personaje del loco-bufón Pasquín realizado de manera admirable por el actor Emilio Gavira, poseedor de una voz y una dicción admirables.

La puesta en escena es la ya habitual -¡y magnífica!- de la Compañía Nacional de Teatro Clásico: vestuario de época, música del XVII interpretada en vivo en escena, decorado sencillo que se adapta a los distintos momentos del drama con facilidad, mobiliario escueto pero suficiente...

Reparto por orden de aparición
Rey Enrique VIII: Sergio Peris-Mencheta
Ana Bolena: Mamen Camacho
Pasquín: Emilio Gavira
Cardenal Volseo: Joaquín Notario
Tomás Boleno: Chema de Miguel
Carlos, embajador de Francia: Sergio Otegui
Dionís / Capitán: Pedro Almagro
Reina doña Catalina: Pepa Pedroche
Infanta María: Natalia Huarte
Margarita Polo: María José Alfonso
Juana Semeira: Anabel Maurin
Soldado: Alejandro Navamuel
Servidor de escena: Antonio Albujer
Servidor de escena: Karol Wisniewski
Sergio Peris-Mencheta, Joaquín Notario, Pepa Pedroche, Emilio Gavira

Conclusión
Aunque Calderón tiene sólo 26 años cuando escribe esta obra, ya se adivinan en ella  frases, temas y asuntos que estallarán con fuerza en obras de madurez como "La vida es sueño", "El alcalde de Zalamea"..., y en algunos de sus autos sacramentales.
Sin duda alguna según se ve la representación uno cae en la cuenta de la muchísima razón que el estudioso del teatro español, Francisco Ruiz Ramón, tiene cuando afirma que “el arte teatral de Lope se hace ciencia teatral en Calderón". O dicho en otras palabras, que Calderón prosigue la labor abierta por Lope en la construcción de la Comedia Nacional, pero que la depura y sistematiza dándole un carácter más ideológico jugando constantemente -como buen barroco que es- con los contrastes, las semejanzas, las dualidades y los reflejos; no otra función que mostrar esto último tiene el gran espejo que llena la escena en el último acto y que sirve para mostrar esta dualidad y también el tema del  "Vanitas vanitatis" tan del gusto de los hombres del XVII.

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