31 mar. 2013

"Ana Karenina", recetario amoroso


Como en la Tertulia Literaria decidimos leer algo de Tolstoi para el mes de abril, esta ya pasada Semana Santa me apeteció ver la enésima versión de “Ana Karenina”. Se trata de una producción inglesa dirigida por Joe Wright, según la adaptación de Tom Stoppard (guionista, entre otras, de la premiadísima Shakespeare in love y reconocido autor teatral del que ahora mismo recuerdo haber visto en las naves del Matadero de Madrid una interesante obra suya titulada Rock ’n’ Roll). Está protagonizada por una estupenda Keira Knightley quien con el director de esta película ha trabajado en otras adaptaciones a la pantalla de obras literarias como Expiación (adaptación de la novela de Ian McEwan de igual título) y Orgullo y Prejuicio (adaptación de la novela de Jane Austen), y un Jude Law que está magnífico en el papel de Alexis Karenin que ama profundamente pero sin pasión a su esposa Ana; completa el triángulo un para mí desconocido Aaron Taylor-Johnson en el  papel de amante apasionado conde Vronski.

Tengo que decir que la adaptación cinematográfica me ha gustado. Creo que el guionista y el director arriesgan al hacer discurrir toda la acción dentro de los límites de un teatro, si bien esta limitación la rompen magistralmente en ocasiones para presentarnos las magníficas extensiones heladas rusas que recorre Ana en sus desplazamientos en ferrocarril o la arcádica vida en el campo de Levin (Domhnall Gleeson) y su esposa Kitty (Alicia Vikander). Sin lugar a dudas este recurso fílmico es el que marca la diferencia con las muchísimas adaptaciones que la novela de Tolstoi ha conocido. Sin él la película de Joe Wright sería una película de época más que el gusto popular suele despachar con el marbete de películas de ‘amor y lujo’. Del recurso comentado hay que reseñar el empleo de artificios expresionistas propios del teatro y del cine mudo como son, por ejemplo, las escenas de tren  –a veces primerísimos planos de las ruedas, ejes y bielas de las antiguas máquinas- utilizadas como cortinilla para dar el salto al exterior desde la angostura del interior teatral.

Entrar a discutir lo habitual en estos casos, -¿mejor la novela que la película; mejor la adaptación que el original?-, creo yo que no tiene mucho sentido. Cada pieza en su género, con las limitaciones que los mismos imponen, son excelentes creaciones. Es obvio que el adaptador al reducir 600 páginas [a doble columna en la clásica edición de la editorial Aguilar] a un metraje de poco más de 2 horas ha de decidir qué elementos deja fuera del film o si siquiera los insinúa.

En esencia estamos ante una historia de amor. Y en tal sentido el triángulo Karenin – Ana – Vronski aparece tal y como Tolstoi lo planteó en su relato: Un marido que transige con el juego amoroso de su mujer siempre que éste no traspase los límites impuestos por el buen gusto de la sociedad rusa del momento, una esposa que no puede permanecer junto a su marido cuando su corazón ya no le pertenece a él sino al padre de la niña que lleva en su seno y un joven conde Vronski que, al amar a la Karenina con locura hasta rozar el ridículo según le advierten sus amistades de la sociedad moscovita

Vronsky sabía que no corría el riesgo de parecer ridículo a los ojos de Betsy ni de las personas del gran mundo. Sabía muy bien que para esas personas el papel de un infeliz enamorado de una muchacha o de una mujer libre puede ser ridículo, pero el de un hombre  que asedia a una mujer casada y que pone su vida por encima de todo para atraerla y llevarla al adulterio tiene algo bello y grandioso y nunca puede ser ridículo.”

será capaz hasta de abandonar una exitosa carrera de armas por seguir a Ana incluso en sus equivocadas decisiones que serán las que a la postre conducirán a la protagonista a la más errónea de todas: su suicidio.

El relato presenta también otra posible
vivencia de la relación amorosa: el amor calmado y reflexivo que vive la pareja Levin – Kitty. Sin embargo en el film se hurtan al espectador no pocos elementos cuales son la interesantísima personalidad del personaje Konstantin Levin y la de sus hermanos Nikolay y Konishev (este último ni siquiera aparece en la película con lo que queda fuera el enfrentamiento campo-ciudad representado respectivamente por los hermanos Konstantin y Konishev). Konstantin Levin es el alter ego del novelista: rico, de ideas anarquizantes, padre de una numerosa prole, esposo celoso, introductor de reformas agrarias y partidario de la abolición de la servidumbre no tanto por amor al género humano –que también- como por mejorar la cuenta de resultados de sus explotaciones agrarias. Pues bien esta compleja personalidad en el film de Joe Wright sólo llega a atisbarse en la escena en que propietario (Konstantin Levin) y trabajadores agrícolas siegan la hierba al unísono con el dalle o la guadaña.

Y una tercera manera de vivir la relación hombre-mujer, mucho más prosaica aunque también mucho más frecuente es la que vive el matrimonio que abre el relato novelesco, el del príncipe Oblonsky y Daría Alexandrovna, Dolly, hermana de Kitty, que ha de soportar las continuas infidelidades de su marido quien vive por encima de sus posibilidades siendo un aprovechado de todo aquel que le rodea. Así Stiva –príncipe Stepan Arkadievich Oblonski- es presidente de un tribunal de Moscú gracias a Alexei Alexandrovich Karenin, esposo de Ana Karenina, su hermana. Al final del relato novelesco –no así en el cinematográfico- Dolly se ha separado definitivamente de Stiva que por fin logró el inútil cargo que ansiaba para poder seguir con su tren de vida, y la vemos pasando una temporada en casa de su hermana Kitty que espera otro hijo más.

La novela de la que “Ana Karenina” es digna sucesora, “Madame Bovary”, abrió la puerta a este subgénero de novelas realistas del XIX que cabe calificar de “novelas de adulterio”. Entre las muchas similitudes que ambas presentan voy a destacar la para mí principal: en las dos el personaje femenino se ve abocado por una sociedad estrecha de miras a su disolución, a la muerte. Este empujar a la muerte a aquella mujer que “rompa las reglas” como dice en un momento dado el personaje de Betsy a Vronski en la escena del teatro al que Ana ha decidido ir pese a la oposición de su amante, es muestra del machismo de la sociedad del momento. Así una mujer rompedora que decide vivir con sinceridad su relación amorosa será castigada por una sociedad hipócrita que admite el engaño pero no la verdad.

Algo que no se explicita con claridad en el film es la fecha en que la historia está sucediendo (año 1878), época en que los rusos están ayudando a Serbia en su lucha contra los turcos. ¿El motivo habrá sido el de la corrección política: no levantar ampollas en el aún no enfriado conflicto de los Balcanes? Todo es posible. Ya se sabe que lo importante es vender y no molestar.

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